martes, 4 de marzo de 2008

Amor a Dios

Mi amor a Dios es la soberbia, esa advertencia elogiosa y exagerada que la humanidad tiene de sí misma. Al final de cuentas, al margen de cualquier idea de dios, estamos solos, abandonados a nuestra locura con ese don particular que representa para una religión un pecado capital. Sin embargo, lo capital es un detalle mínimo, un error apenas censurable frente a la sencillez aplastante, meramente cuantitativa, de la naturaleza. Como seres humanos nuestra existencia es tan ridícula como la idea del átomo, una referencia que no tiene nada que ver más que con nosotros mismos. ¿Qué puede hacer pensar a un hombre que sus gestos puedan tener importancia frente a lo inmenso, lo inestimable, lo inefable? Únicamente esa misma soberbia. Solamente ante lo moral, es decir, ante el hombre mismo.

El gesto es la manifestación del gesticulador, particularmente si su escenario está a oscuras. No se sabe observado, pero tiene una fe inquebrantable en serlo por la mera existencia de los ojos. Esta apetecida ubicuidad de la vista promueve una falsa paranoia y una exagerada proyección hacia el abismo un producto del egotismo. Dios no es dios. Ante el silencio divino sólo queda el gesto místico sin garantía: la gracia. Sin gracia sólo nos queda el ridículo: un solemne gesto fallido. Es una línea muy delgada, a pesar de que se despliegue frente al infinito, la que se transitamos por nuestras creencias más ambiciosas. Empero, está la apuesta de Pascal, hombre práctico al final de cuentas.

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