Lo que me agrada de mis amigos, y particularmente de mis amigas, es compartir esa vocación por el absurdo que es la lucha, modesta o grandilocuente, gesto tonto ante la muerte: la silenciosa, la grave. El revoloteo de todo, las miradas distintas, el jugo que cuelga de algunos lados. Incluso los Colores, cosa estúpida, tienen discretas relaciones con el ánimo humano. Algo tan superficial enciende, agita o calma otro algo tan inmaterial como el agitado vacío que llamamos alma. Entonces lo que reina en mí es el desconcierto. La fascinación me abandonó, también la curiosidad.
Al parecer cosas nimias, mínimas realmente, son las que nos conmueven diariamente. Ya no hay epopeyas ni grandes holocaustos, no hay mitos crudos, sólo televisión-repetición. ¿Héroes anónimos? Farsas y máscaras somos, restos de lo que debimos ser. (Cuánta claridad esta noche: siempre somos restos de lo que debimos ser). Los Héroes cotidianos son el consuelo para nuestra medianía, la mentira tras el reproche oscurecido en nuestra alma.
Sin embargo el amor, incluso puesto en duda, es la única posibilidad --con su locura y precisamente por ella-- de tener instantes de clarividencia. Es la única reserva generosa para invertir las reglas que con enconada fe hemos impuesto al mundo y al final nos han cercado. El amor es dádiva, fiesta e infortunio. El vientre roto de Venus espumosa. La muerte multiplicada infinitamente para poder ser vida. Nadie da lo que no tiene, hay que dar la muerte, porque la muerte da la vida (no la verdadera vida, sólo vida a secas).
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viernes, 28 de septiembre de 2007
Inmortalidad
Lo único que me desagrada (de los estados alterados) son las resacas, esas advertencias del cuerpo cuando no respetamos ciertas reglas. Traspasarlas, obviarlas, es resistirse, o más bien ceder al deseo de inmortalidad; una sutil pendejez. ¿Inmortalidad? En el fondo, trivialidad o puerilidad.
Sólo dos palabras: ayer y mañana...
Diversos estados alterados nos hacen percibir lo que nos rodea de muchas maneras. Este perogrullo quiere decir que el significado de las cosas está en el doblez: el sentido que uno da. Sin embargo, escapa algo que no he mencionado cabalmente: los sentidos.
Los estados alterados, tan sencillos tras un cambio de humor, un café negro o una buena ducha son capaces de descubrirnos el secreto de muchas cosas, en realidad, de hacernos recordar de manera novedosa lo que ya sabíamos a través de nuestros poros.
Dispares criaturas, infernalmente ingeniosas y llanamente estúpidas -al final de cuentas sólo seres humanos-, encarnamos una contradicción, una paradoja, un vago sinsentido como amanecer borroso. Hacemos milagros de papel e hitos de flotante polvo. Nacemos para morir. Toda nuestra magia se halla entre esas dos mentadas palabras: paradoja y contradicción. Indeterminabilidad y misterio debían ser. Secreto ingenuo y perverso del mundo. Estaría tentado a decir pecado y castigo, pero es un despropósito particular. ¿Por qué achacárselo a alguien más, algo así como a Dios?
Por esto consagro la pelea, la lucha por los palmos territoriales y únicamente la tregua en una mujer. Porque en la lucha no se duerme, se está alerta, más vivo aunque muriendo con insistencia, previendo la fatalidad. Se lucha y se vive.
Las treguas son el sueño para el guerrero harto, desfalleciente pero no muerto aún. La noche es la tregua, el sueño, la oscuridad tibia: Eva sin cuerpo ni llamada, sin ella misma.
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