martes, 17 de junio de 2008
El placer de degustar
El placer del gusto es un de los más rudos goces a los que debe someterse el ser humano. El tacto íntimo y disolvente que se guarda en la lengua se cuida poco del pudor una vez que ha sido ofrecido. Rechazar es tardío a lo que ha caído en ese ávido músculo ungido de miel transparente y ligera, tibio con la llama oculta de un rescoldo olvidado. Sazonado con el aliento bruto que huye del pecho, bañado con las especias de lo que nos nutre. Sin embargo, dulce es la miel y cargada, embriagante como la fruta madura y su licor. Más dulce aún el compartir el gusto con otro semejante, el encuentro sin metáforas de dos alientos acezantes que hunden la voz y la postergan.
La Derrota
¿Cuál es el sentido de la derrota?
Debería preguntarse si el sentido de la derrota es el mismo al de error. Aunque el primero parece tener una filiación más cercana al ánimo beligerante, el otro con la tradición de la razón y el conocimiento. Sin embargo, no necesariamente la derrota puede ser producto del error, y quién sabe si un error conduzca a la derrota.
La vida está hecha de error. Es falible. Pretender lo contrario es mentir, engañarse. La vida es incontrolable --quizá de ahí que sea femenina la palabra--, pero muestra también la fuerza humana. Si como personas somos capaces de sobreponernos a los fallos y continuar, quiere decir que el error no es absoluto. El error es sólo un plazo vencido antes de tiempo, antes de la asunción de una idea mediante su realización en comunidad con el mundo.
Así, la derrota puede tener un paralelo: la derrota es la alternativa a una idea de éxito. Frente a la ignorancia que nos es revelada en el error, la derrota nos muestra el fallo de nuestro deseo. Mucho más combativo que las tradiciones apaciguadoras de la razón. Lo que descubren tanto el éxito como la derrota tiene que ver más con la sabiduría y la vida, que con un superficial conocimiento de las cosas: tiene que ver con el sabor de nuestra propia y real existencia. No con la entidad abstracta de lo que somos.
El error nos puede dar un sí y un no; y afirma después que significan ese sí y ese no. La derrota nos dice porque es deseable el sí y temible el gran no. El error puede ser tomado hegelianamente, y decirse con serenidad de que cumple una función que nos pone en armonía con la realidad. La derrota nos muestra que la voluntad es feroz y el deseo nos carcome.
La belleza del deseo que carcome es que jamás se satisface, no pude yacer henchido al lado nuestro. No se llena de nuestra carne aunque nos vaya minando. Al contrario, puede llevarnos hasta los huesos y seguir espoleándonos, empujándos irrebatible y sin fatiga. Silencioso y contundente como un pequeño Eros enloquecido con espejo.
El sentido de la derrota es que nos pone en juego, nos reclama y nos humilla. Pone en evidencia la flaqueza de nuestro ser y nuestros triviales deseos. Nos devuelve a nuestro vulnerable querer de infancia... "como quitar el dulce a un niño". El derrotado es el niño, el ser humano que piensa que domina la naturaleza propia y de las cosas. Es el hombre que no ha podido vivir consigo mismo, quien no ha hallado la paz de la tregua.
Debería preguntarse si el sentido de la derrota es el mismo al de error. Aunque el primero parece tener una filiación más cercana al ánimo beligerante, el otro con la tradición de la razón y el conocimiento. Sin embargo, no necesariamente la derrota puede ser producto del error, y quién sabe si un error conduzca a la derrota.
La vida está hecha de error. Es falible. Pretender lo contrario es mentir, engañarse. La vida es incontrolable --quizá de ahí que sea femenina la palabra--, pero muestra también la fuerza humana. Si como personas somos capaces de sobreponernos a los fallos y continuar, quiere decir que el error no es absoluto. El error es sólo un plazo vencido antes de tiempo, antes de la asunción de una idea mediante su realización en comunidad con el mundo.
Así, la derrota puede tener un paralelo: la derrota es la alternativa a una idea de éxito. Frente a la ignorancia que nos es revelada en el error, la derrota nos muestra el fallo de nuestro deseo. Mucho más combativo que las tradiciones apaciguadoras de la razón. Lo que descubren tanto el éxito como la derrota tiene que ver más con la sabiduría y la vida, que con un superficial conocimiento de las cosas: tiene que ver con el sabor de nuestra propia y real existencia. No con la entidad abstracta de lo que somos.
El error nos puede dar un sí y un no; y afirma después que significan ese sí y ese no. La derrota nos dice porque es deseable el sí y temible el gran no. El error puede ser tomado hegelianamente, y decirse con serenidad de que cumple una función que nos pone en armonía con la realidad. La derrota nos muestra que la voluntad es feroz y el deseo nos carcome.
La belleza del deseo que carcome es que jamás se satisface, no pude yacer henchido al lado nuestro. No se llena de nuestra carne aunque nos vaya minando. Al contrario, puede llevarnos hasta los huesos y seguir espoleándonos, empujándos irrebatible y sin fatiga. Silencioso y contundente como un pequeño Eros enloquecido con espejo.
El sentido de la derrota es que nos pone en juego, nos reclama y nos humilla. Pone en evidencia la flaqueza de nuestro ser y nuestros triviales deseos. Nos devuelve a nuestro vulnerable querer de infancia... "como quitar el dulce a un niño". El derrotado es el niño, el ser humano que piensa que domina la naturaleza propia y de las cosas. Es el hombre que no ha podido vivir consigo mismo, quien no ha hallado la paz de la tregua.
Olor
El amor se puede reducir a los olores esenciales del cuerpo. Quien está dispuesto a compartir la existencia contigo reconoce tu animal presencia mediante los signos ciegos del sudor, la saliva y todos los demás fluidos elementales que permean nuestras ropas, que manchan nuestras cosas, que gotean o chorrean desde nuestra piel, los poros y demás orificios. Perfumes de nuestra segunda presencia, mediante estos restos el fantasma de nuestra memoria gana peso, se vuelven un monumento contundente cuando abandonamos un lugar. Llenan nuestras camisas, el sillón donde nos dejamos caer, abundan en nuestro lecho mojando sábanas, dejando nuestro inevitable sabor. La experiencia de la vida se hace más honda cuando recuperamos recuerdos a través de ese apéndice animal que es el olfato. Marginado al extremo de un sentido casi ornamental mediante él recuperamos un vínculo extraño con nuestra tierra. Nuestro atrofiado olfato nos obliga a pegarnos a las cosas, a hacer físico el acercamiento, a degustar casi, --por un delirio de tendencias delicadamente seductoras-- recobrando la distancia que la rutina a cubierto con desenfado e ignorancia: con tonta indiferencia.
¡Qué ebrio placer el olfato cuando va acercando a los amantes, cuando los hace encontrarse sin andar a tientas en la oscuridad del amor!
¡Qué ebrio placer el olfato cuando va acercando a los amantes, cuando los hace encontrarse sin andar a tientas en la oscuridad del amor!
jueves, 13 de marzo de 2008
Amor y esperanza
El amor, como toda esperanza, nace de nuestras miserias.
El verse reducido a aquellos márgenes donde la racionalidad y el temperamento se desdibujan, y se muestran tan cercanos una del otro al filo de una verdadera sinrazón —si es que hay en la vida razón—es lo que me lleva a postular la anterior fórmula. Por otra parte, si el amor se confunde con la esperanza, y si de algún modo durante la existencia pueden ser enteramente indistinguibles es porque representan un balbuceo entremezclado, una aceptación del irreparable presente únicamente asimilable bajo una forma humana. La “objetividad”, como expectativa de la realidad pretende ser de un talante distinto a la esperanza. Sin embargo, ambas predictibilidad objetiva y esperanza aparecen bajo el símbolo de lo posible: aquello que puede ser real. Esto es, para fines verdaderamente prácticos, valen lo mismo. Hasta ahora no se ha dicho nada nuevo.
El papel que juega la esperanza, esa forma humana expresada líneas atrás, es propiciar siempre la posibilidad. No importa verdaderamente el estatuto que sea quiera ofrecer o imponer a esta forma de hablar (y tratar) de la realidad: sueño, fantasía, posibilidad, recurso último frente al destino o lo inexorable. La importancia de la esperanza es su capacidad de demoler, precisamente, el estatuto de lo imposible.
El verse reducido a aquellos márgenes donde la racionalidad y el temperamento se desdibujan, y se muestran tan cercanos una del otro al filo de una verdadera sinrazón —si es que hay en la vida razón—es lo que me lleva a postular la anterior fórmula. Por otra parte, si el amor se confunde con la esperanza, y si de algún modo durante la existencia pueden ser enteramente indistinguibles es porque representan un balbuceo entremezclado, una aceptación del irreparable presente únicamente asimilable bajo una forma humana. La “objetividad”, como expectativa de la realidad pretende ser de un talante distinto a la esperanza. Sin embargo, ambas predictibilidad objetiva y esperanza aparecen bajo el símbolo de lo posible: aquello que puede ser real. Esto es, para fines verdaderamente prácticos, valen lo mismo. Hasta ahora no se ha dicho nada nuevo.
El papel que juega la esperanza, esa forma humana expresada líneas atrás, es propiciar siempre la posibilidad. No importa verdaderamente el estatuto que sea quiera ofrecer o imponer a esta forma de hablar (y tratar) de la realidad: sueño, fantasía, posibilidad, recurso último frente al destino o lo inexorable. La importancia de la esperanza es su capacidad de demoler, precisamente, el estatuto de lo imposible.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Se busca...
Mujer bonita, castaña, de habla inteligente y maneras delicadas, tierna.
Mujer que sepa aprisionar y esconder su perfume, que siembre rosas de terciopelo en su jardín y sueñe en tonos sutiles y fragantes.
Se desea mujer que inocule el veneno brillante de sus ojos agonizantes, como un amanecer de fin de verano… que se resista a los besos largos, que presente tenaz oposición a las caricias. Mujer que no admita regalos de labios tímidos e inquietos.
Se quiere una mujer como laberinto, atrapada en su propio pecho. Mujer que desnuda sea más completa que vestida. Se solicita una mujer sin concesiones… y una mujer con pretextos.
Se persigue una mujer que quiera ser amada y se inquiete ante las palabras fuertes. Alborozada como secreto, inoportunamente inflamable e inextinta. Mujer que busque su momento.
Se necesita la mujer que eres tú.
Mujer que sepa aprisionar y esconder su perfume, que siembre rosas de terciopelo en su jardín y sueñe en tonos sutiles y fragantes.
Se desea mujer que inocule el veneno brillante de sus ojos agonizantes, como un amanecer de fin de verano… que se resista a los besos largos, que presente tenaz oposición a las caricias. Mujer que no admita regalos de labios tímidos e inquietos.
Se quiere una mujer como laberinto, atrapada en su propio pecho. Mujer que desnuda sea más completa que vestida. Se solicita una mujer sin concesiones… y una mujer con pretextos.
Se persigue una mujer que quiera ser amada y se inquiete ante las palabras fuertes. Alborozada como secreto, inoportunamente inflamable e inextinta. Mujer que busque su momento.
Se necesita la mujer que eres tú.
No llega sola, hay que llevarla a casa
Tuve un encuentro casual y fugaz, casi un roce con un fantasma-del-pasado, pero sólo le di vista con el rabillo del ojo. Ella también me vio, diría que hasta se sorprendió de verme, – ¿será la situación natural cuando se entrecruzan esas sombras de lo que todos fuimos?—. Era de noche, cada uno atravesando la calle acompañado y a contracorriente. Traté de ignorarla y ella supo corresponder: la vida civilizada es algunas veces es tan aburrida…
Sí, la memoria es el único defecto verdadero del tiempo. Regularmente celebramos la insistencia de estar, una cierta perseverancia contra la muerte. Deberíamos aprender a festejar también lo otro, al fin y al cabo estamos tan vivos como muertos. Espero que no se me tome como una suerte de vulgar pesimismo, sino como una reivindicación de algunos hechos de la existencia. Celebrar la muerte también puede dar paso a un sano olvido y permitir el renacimiento o la regeneración.
Creo que el único inconveniente que tengo en mi vida respecto a la sociedad es la soledad, si bien nunca se puede estar seguro de que sea un defecto. Decía un italiano que en la soledad se pierde la misantropía, pero es tan fácil ser escéptico cuando nos afanamos tanto en ser detestables como individuos y como especie –ángeles rotos me parece una imagen apropiada—. Por otra parte, existe en lo artificial, que es lo verdaderamente humano, el desencanto de todo lo accesorio. Sin embargo, insisto, es lo único auténticamente humano: así es, precisamente, el arte. Lo demás queda tradicionalmente asociado y relegado a nuestra “naturaleza animal”, para denuesto de los pobres bichos. Aunque es necesario recordar que tanto la vida solitaria como la sociedad ambos son ya artificios humanos. Un regreso a la soledad no puede ser un retorno a nuestra naturaleza, y nuestra vida social está fundada sobre el mundo del lenguaje: la herramienta de nuestro ser (o su albergue según Heidegger).
La tibia nostalgia que encienden los susodichos espectros me fue infundida nuevamente hoy, varias semanas después del avistamiento fantasmal. En una pequeña mujer completamente ajena vi el semblante de un gran amor fallido. Me dejó atónito. Perdí voz y aliento, el sueño de las lágrimas tentaba mis ojos incrédulos. Eran tan claras sus facciones y en ellas ella, la lejana, la sirena. El sentimiento es lo más fácil, un percance inevitable de ser: aquel día fue de melancolía.
Sí, la memoria es el único defecto verdadero del tiempo. Regularmente celebramos la insistencia de estar, una cierta perseverancia contra la muerte. Deberíamos aprender a festejar también lo otro, al fin y al cabo estamos tan vivos como muertos. Espero que no se me tome como una suerte de vulgar pesimismo, sino como una reivindicación de algunos hechos de la existencia. Celebrar la muerte también puede dar paso a un sano olvido y permitir el renacimiento o la regeneración.
Creo que el único inconveniente que tengo en mi vida respecto a la sociedad es la soledad, si bien nunca se puede estar seguro de que sea un defecto. Decía un italiano que en la soledad se pierde la misantropía, pero es tan fácil ser escéptico cuando nos afanamos tanto en ser detestables como individuos y como especie –ángeles rotos me parece una imagen apropiada—. Por otra parte, existe en lo artificial, que es lo verdaderamente humano, el desencanto de todo lo accesorio. Sin embargo, insisto, es lo único auténticamente humano: así es, precisamente, el arte. Lo demás queda tradicionalmente asociado y relegado a nuestra “naturaleza animal”, para denuesto de los pobres bichos. Aunque es necesario recordar que tanto la vida solitaria como la sociedad ambos son ya artificios humanos. Un regreso a la soledad no puede ser un retorno a nuestra naturaleza, y nuestra vida social está fundada sobre el mundo del lenguaje: la herramienta de nuestro ser (o su albergue según Heidegger).
La tibia nostalgia que encienden los susodichos espectros me fue infundida nuevamente hoy, varias semanas después del avistamiento fantasmal. En una pequeña mujer completamente ajena vi el semblante de un gran amor fallido. Me dejó atónito. Perdí voz y aliento, el sueño de las lágrimas tentaba mis ojos incrédulos. Eran tan claras sus facciones y en ellas ella, la lejana, la sirena. El sentimiento es lo más fácil, un percance inevitable de ser: aquel día fue de melancolía.
martes, 4 de marzo de 2008
Libertad es Deseo
Alguna vez algún idiota dijo que la vida era como una caja de chocolates. La vida puede ser muchas cosas, pero que poca madre compararla con una caja de chocolates. Lo peor del caso son los crédulos, aquellos conmovidos por la ternura fácil y mercenaria que no hace del amor más que un sentimiento complaciente y anodino. Sin embargo, dicha credulidad no puede ser más que fingida o producto basto del ocio de no-ser.
En el mundo antiguo se propagó la optimista convicción de que la inmoralidad no se trataba más que de un error: un fallo del cálculo racional. Sade nos ayudó a ver que también podía tratarse de un credo maldito, pues sus contemporáneos condenaban lo que entonces se consideraba y era naturaleza a padecer el artificio perverso de la razón. Sade, también maldito por atreverse a salir dos veces del silencio: del ropero y de la consciencia, anticipó en algo a Nietzsche, aunque sus ambiciones fueran más bajas.
La romántica imagen de la perversidad, entregarse a las bajas pasiones descritas por el divino marqués, significaría la más radical de las rebeldías: atreverse a ser uno mismo más allá de las impugnaciones de los demás. Un funesto heroísmo que no deja de ser ejemplar, aunque conlleve riesgo y horror.
En el fondo ver de frente la vida significa afirmar su fondo de horror, de desilusión y de tedio, donde la esperanza es un contrapeso que comporta también un grado sumo de ceguera.
Sin embargo, cabe una última vindicación: Porque soy libre abrazo una decisión, por cada golpe de mi corazón, en la expansión de mi pecho, está latente un sí preludio de mi libertad.
Por cierto, amo los chocolates.
En el mundo antiguo se propagó la optimista convicción de que la inmoralidad no se trataba más que de un error: un fallo del cálculo racional. Sade nos ayudó a ver que también podía tratarse de un credo maldito, pues sus contemporáneos condenaban lo que entonces se consideraba y era naturaleza a padecer el artificio perverso de la razón. Sade, también maldito por atreverse a salir dos veces del silencio: del ropero y de la consciencia, anticipó en algo a Nietzsche, aunque sus ambiciones fueran más bajas.
La romántica imagen de la perversidad, entregarse a las bajas pasiones descritas por el divino marqués, significaría la más radical de las rebeldías: atreverse a ser uno mismo más allá de las impugnaciones de los demás. Un funesto heroísmo que no deja de ser ejemplar, aunque conlleve riesgo y horror.
En el fondo ver de frente la vida significa afirmar su fondo de horror, de desilusión y de tedio, donde la esperanza es un contrapeso que comporta también un grado sumo de ceguera.
Sin embargo, cabe una última vindicación: Porque soy libre abrazo una decisión, por cada golpe de mi corazón, en la expansión de mi pecho, está latente un sí preludio de mi libertad.
Por cierto, amo los chocolates.
Amor a Dios
Mi amor a Dios es la soberbia, esa advertencia elogiosa y exagerada que la humanidad tiene de sí misma. Al final de cuentas, al margen de cualquier idea de dios, estamos solos, abandonados a nuestra locura con ese don particular que representa para una religión un pecado capital. Sin embargo, lo capital es un detalle mínimo, un error apenas censurable frente a la sencillez aplastante, meramente cuantitativa, de la naturaleza. Como seres humanos nuestra existencia es tan ridícula como la idea del átomo, una referencia que no tiene nada que ver más que con nosotros mismos. ¿Qué puede hacer pensar a un hombre que sus gestos puedan tener importancia frente a lo inmenso, lo inestimable, lo inefable? Únicamente esa misma soberbia. Solamente ante lo moral, es decir, ante el hombre mismo.
El gesto es la manifestación del gesticulador, particularmente si su escenario está a oscuras. No se sabe observado, pero tiene una fe inquebrantable en serlo por la mera existencia de los ojos. Esta apetecida ubicuidad de la vista promueve una falsa paranoia y una exagerada proyección hacia el abismo un producto del egotismo. Dios no es dios. Ante el silencio divino sólo queda el gesto místico sin garantía: la gracia. Sin gracia sólo nos queda el ridículo: un solemne gesto fallido. Es una línea muy delgada, a pesar de que se despliegue frente al infinito, la que se transitamos por nuestras creencias más ambiciosas. Empero, está la apuesta de Pascal, hombre práctico al final de cuentas.
El gesto es la manifestación del gesticulador, particularmente si su escenario está a oscuras. No se sabe observado, pero tiene una fe inquebrantable en serlo por la mera existencia de los ojos. Esta apetecida ubicuidad de la vista promueve una falsa paranoia y una exagerada proyección hacia el abismo un producto del egotismo. Dios no es dios. Ante el silencio divino sólo queda el gesto místico sin garantía: la gracia. Sin gracia sólo nos queda el ridículo: un solemne gesto fallido. Es una línea muy delgada, a pesar de que se despliegue frente al infinito, la que se transitamos por nuestras creencias más ambiciosas. Empero, está la apuesta de Pascal, hombre práctico al final de cuentas.
lunes, 21 de enero de 2008
Perdón y memoria
Hace algunos días, incomodado por el frío de esa noche en un céntrico café –con una mujer bonita junto a mí–, tuve tiempo para divagar un poco. El silencio del pensar es un buen refugio para evadir la desazón que sentimos en ciertas situaciones. Y mientras veía alrededor para confirmar la incomodidad me puse a reflexionar en compañía. Hice mi habitual gesto de tomar una servilleta, sacar mi pluma favorita y comenzar a escribir para mí…
Habría que explicar el predominio de un sentimiento en su relación con la memoria. Quizás antes de tratar de la naturaleza de cualquier sentimiento se debería considerar su existencia en el recuerdo. Aunque podría considerarse esta relación de una manera un tanto accidental, debido a la existencia de tantos sentimientos y emociones…
Esto era lo que alcancé a rayar en el papel desechable antes de poder salir de esa solitaria reflexión, que interrumpí muchas veces para ejercitar mi voyerismo en el interior de ese café. Como tantos otros pensamientos escritos en servilletas éste se halla condenado al olvido, a la falta de un pensamiento continuo. Dejando de lado la queja, quiero pensar ahora aquello que en aquel momento estaba tratando de sacar de mi cabeza… y mi corazón.
Pensaba en el rencor, que es una forma de odio persistente. Al instante de mencionar la persistencia recuerdo el nombre de un cuadro de Dalí, que siempre confundo y que me hizo relacionar sentimiento y memoria.
Entonces, sin importar lo intrascendente o elemental que haya sido un sentimiento excitado durante nuestra existencia, si no establece una marca en nosotros; aquello que comúnmente califico –hablo en primera persona, pues no sé si los demás estén de acuerdo— como significado; entonces no importará porque será olvidado. Suponiendo que recordar y olvidar sea un suceso íntimo que se dé algunas veces debido a aquello que pueda ser importante y significativo para una persona, habría que preguntarse por qué es importante el rencor, por qué odiamos y odiamos durante algún tiempo. Así, podría conjeturarse que el odio y el rencor tengan que ver con la supervivencia: el recuerdo de que el fuego quema y es importante no intentar tocarlo. Tales sentimientos nos separarían de aquellas personas que nos han lastimado y que pueden trastocar nuestra existencia. Aunque pueda no tratarse de una situación de vida o muerte, sentir odio o rencor puede mantener algo de esa necesidad de autopreservación. Nuestra naturaleza interior parece ser un poco más complicada que la de otros seres vivientes. Dejando de lado la necesidad de recordar quiénes nos han lastimado para seguir vivos, ahora recordamos para preservar nuestro mundo interior.
Alguna vez un maestro de filosofía nos dijo que el perdón era una de las formas de cambiar el pasado. En este momento creo que las categorías de tiempo sólo tienen sentido en el acomodo que nosotros le damos, más que un a priori inalterable. Pensamos el tiempo en gran medida como se nos ha enseñado a hacerlo. Luego, pasado y memoria pueden ser lo mismo. –Dejaré ahora la discusión sobre esta posibilidad de lado—. Pero esto nos permite sopesar la alternativa de pensar que podemos cambiar un sentimiento tan vivo como el odio si somos capaces de ver su inutilidad. Sin embargo, para que esto sea verdad debemos juzgar que dicho sentimiento cumple esta función que he descrito.
Frente a la consciencia de lo inútil del rencor, cuando en nuestra vida hemos encontrado junto a nuestra vulnerabilidad la capacidad de experimentar la alegría nuevamente, existe la posibilidad de la renovación de nuestra confianza en nosotros mismos.
Habría que explicar el predominio de un sentimiento en su relación con la memoria. Quizás antes de tratar de la naturaleza de cualquier sentimiento se debería considerar su existencia en el recuerdo. Aunque podría considerarse esta relación de una manera un tanto accidental, debido a la existencia de tantos sentimientos y emociones…
Esto era lo que alcancé a rayar en el papel desechable antes de poder salir de esa solitaria reflexión, que interrumpí muchas veces para ejercitar mi voyerismo en el interior de ese café. Como tantos otros pensamientos escritos en servilletas éste se halla condenado al olvido, a la falta de un pensamiento continuo. Dejando de lado la queja, quiero pensar ahora aquello que en aquel momento estaba tratando de sacar de mi cabeza… y mi corazón.
Pensaba en el rencor, que es una forma de odio persistente. Al instante de mencionar la persistencia recuerdo el nombre de un cuadro de Dalí, que siempre confundo y que me hizo relacionar sentimiento y memoria.
Entonces, sin importar lo intrascendente o elemental que haya sido un sentimiento excitado durante nuestra existencia, si no establece una marca en nosotros; aquello que comúnmente califico –hablo en primera persona, pues no sé si los demás estén de acuerdo— como significado; entonces no importará porque será olvidado. Suponiendo que recordar y olvidar sea un suceso íntimo que se dé algunas veces debido a aquello que pueda ser importante y significativo para una persona, habría que preguntarse por qué es importante el rencor, por qué odiamos y odiamos durante algún tiempo. Así, podría conjeturarse que el odio y el rencor tengan que ver con la supervivencia: el recuerdo de que el fuego quema y es importante no intentar tocarlo. Tales sentimientos nos separarían de aquellas personas que nos han lastimado y que pueden trastocar nuestra existencia. Aunque pueda no tratarse de una situación de vida o muerte, sentir odio o rencor puede mantener algo de esa necesidad de autopreservación. Nuestra naturaleza interior parece ser un poco más complicada que la de otros seres vivientes. Dejando de lado la necesidad de recordar quiénes nos han lastimado para seguir vivos, ahora recordamos para preservar nuestro mundo interior.
Alguna vez un maestro de filosofía nos dijo que el perdón era una de las formas de cambiar el pasado. En este momento creo que las categorías de tiempo sólo tienen sentido en el acomodo que nosotros le damos, más que un a priori inalterable. Pensamos el tiempo en gran medida como se nos ha enseñado a hacerlo. Luego, pasado y memoria pueden ser lo mismo. –Dejaré ahora la discusión sobre esta posibilidad de lado—. Pero esto nos permite sopesar la alternativa de pensar que podemos cambiar un sentimiento tan vivo como el odio si somos capaces de ver su inutilidad. Sin embargo, para que esto sea verdad debemos juzgar que dicho sentimiento cumple esta función que he descrito.
Frente a la consciencia de lo inútil del rencor, cuando en nuestra vida hemos encontrado junto a nuestra vulnerabilidad la capacidad de experimentar la alegría nuevamente, existe la posibilidad de la renovación de nuestra confianza en nosotros mismos.
miércoles, 9 de enero de 2008
Año Nuevo
Lo que comienza, lo que se abre, lo que toca fibras nuevas o remueve las viejas. Otra promesa. Renovemos nuestros votos, cumplamos nuestro compromiso, volvamos nuestros rostros y cara a cara besémonos nuestra frente. Te he dejado ir, aunque siempre te he querido a mi lado. En el fondo de mi corazón sé que no te marchas realmente, porque me has dejado algo: en eso se cimenta mi fe. Aunque las creencias sólo sirven para traicionarnos. Pero si alguna vez he dejado todo por ti, ahora puedo dejarte también a ti. ¡Márchate! El mar siempre suspira con su piel de animal inquieto y yo estoy triste con mi infinita nostalgia. Dios me ha dado eso, parte de su nostalgia. Puedes irte. He guardado un beso que nunca te di, que no te daré jamás pero que es tuyo, tanto como tu propia vida. El viento sueña cuando vuela, ¿lo sabías? ¡Qué dulce es el amor! y amargo. ¡Véte!, pero te amo.
jueves, 22 de noviembre de 2007
Hacer gala de nada
debilidad_divina dijo en 29/07/07 01:22 AM …
¿Cómo estás cuándo no estás? Sólo puedo adivinar, pero contigo se antoja imposible. Seguramente nunca estás donde podría creer y menos como quisiera que estuvieras. En fin, esto de hacer algo que no quería hacer para poder realizar otras cosas simples y banales, mucho ruido y pocas nueces: Fotolog. Tanta molestia para dejarte una marca donde, precisamente, marcas no quedan. Antes las palabras se las llevaba el viento, ahora la luz. (Debería ser una ironía, pero creo que me salió mal). Viejos tiempos aquellos donde uñas y dientes dejaban verdaderas marcas testimoniales, con la aparatosidad de sus correspondientes actos. Luego las palabras creadoras de marcas algunas veces indelebles y otras tantas invisibles acarreadas por el aire. Ya no, ni siquiera de materia celulosa. Ahora pura luz.
¿Por qué no te has roto el cuello?
Si lo que buscas es mi bendición para tu suicidio, si lo que quieres es un compadecimiento redundante, pues he llegado cuando tú ya sentías lástima de ti, me quedan ganas por preguntarte: ¿por qué no te has roto el cuello?
Supiste siempre que sólo te iba a amar. Desde que me conoces sabes que siempre te intento penetrar como pocos se atreven o pueden. También eras consciente de que soy muy complicado las más de las veces: es difícil admitir que no sé lo que quiero. Pero aún así aceptaste mis caricias ubicuas, insistentes y lascivas. Tomaste mis besos, que te ahogaban, y te los bebiste todos: yo te vi. Entonces, ¿por qué sugieres que no te ame, que te deje ir, además, que sienta lástima por ti?
Esto de las patologías amorosas puede ser sal de la vida, incluso para quien goza de una existencia con notas patéticas. Sin embargo, es el colmo del tedio lo que me ha empujado a rechazarlas.
Supiste siempre que sólo te iba a amar. Desde que me conoces sabes que siempre te intento penetrar como pocos se atreven o pueden. También eras consciente de que soy muy complicado las más de las veces: es difícil admitir que no sé lo que quiero. Pero aún así aceptaste mis caricias ubicuas, insistentes y lascivas. Tomaste mis besos, que te ahogaban, y te los bebiste todos: yo te vi. Entonces, ¿por qué sugieres que no te ame, que te deje ir, además, que sienta lástima por ti?
Esto de las patologías amorosas puede ser sal de la vida, incluso para quien goza de una existencia con notas patéticas. Sin embargo, es el colmo del tedio lo que me ha empujado a rechazarlas.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Alcoholismo
faiblesse de Dieu dijo en 16/06/07 02:25 AM …
No bebas porque te coge la botella.
No te devuelve los besos, pero te traga desde tu propia hambre. Entonces las sombras de tu mirada se pasean acuosas en la penumbra. El cantinero te llama con la voz de tu padre muerto esa otra noche y las cosas se tornan seres vivos, deseos sueltos en el anochecer de la inconsciencia. Su voz inerte, la de las cosas, es una oquedad en la parte herida del alma. La botella se inclina, con su vacío aspira para quitarte la sed. Se apropia de tu hueco más hondo, ese por donde se ha asomado solamente la preciosa locura. Miras con horror brillar otra vez el rostro de la muerte, su sonrisa olvidada... es la mancha que se escurre entre los recuerdos. Lleva un nombre perdido, aquello que has tratado de olvidar cuando repites el rito del alcohol. Sueñas tras el humo, para convocar esas voces sucias. Antes del alba los fantasmas te han dejado sola.
No bebas porque te coge la botella.
No te devuelve los besos, pero te traga desde tu propia hambre. Entonces las sombras de tu mirada se pasean acuosas en la penumbra. El cantinero te llama con la voz de tu padre muerto esa otra noche y las cosas se tornan seres vivos, deseos sueltos en el anochecer de la inconsciencia. Su voz inerte, la de las cosas, es una oquedad en la parte herida del alma. La botella se inclina, con su vacío aspira para quitarte la sed. Se apropia de tu hueco más hondo, ese por donde se ha asomado solamente la preciosa locura. Miras con horror brillar otra vez el rostro de la muerte, su sonrisa olvidada... es la mancha que se escurre entre los recuerdos. Lleva un nombre perdido, aquello que has tratado de olvidar cuando repites el rito del alcohol. Sueñas tras el humo, para convocar esas voces sucias. Antes del alba los fantasmas te han dejado sola.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Los mejores amigos
faiblesse de Dieu dijo en 19/06/07 02:22 AM …
Mi oficio es recoger perros callejeros. Son tristes y como yo también soy triste nos hundimos en una larga borrachera de melancolía. Cierta vez aparecí inconsciente junto al horizonte, parturiento de alba él, rodeada de perros yo. A pesar de lo que se diga, algunos canes son ingratos, color de cuervo y ojos de luna al revés. Ellos me carcomen las uñas como mis ansias de ayer. Les grito, me ladran y luego aullan matando fantasmas, luces de noche que nadie ha encendido. Lamen mis heridas para mamar mi leche roja, mientras caigo en un sueño profundo. A media noche un mal sueño: "yo soy tu padre", los perros se han ido velozmente escurriendo en los rincones de la oscuridad.
Mi oficio es recoger perros callejeros. Son tristes y como yo también soy triste nos hundimos en una larga borrachera de melancolía. Cierta vez aparecí inconsciente junto al horizonte, parturiento de alba él, rodeada de perros yo. A pesar de lo que se diga, algunos canes son ingratos, color de cuervo y ojos de luna al revés. Ellos me carcomen las uñas como mis ansias de ayer. Les grito, me ladran y luego aullan matando fantasmas, luces de noche que nadie ha encendido. Lamen mis heridas para mamar mi leche roja, mientras caigo en un sueño profundo. A media noche un mal sueño: "yo soy tu padre", los perros se han ido velozmente escurriendo en los rincones de la oscuridad.
martes, 6 de noviembre de 2007
falsa poesía
faiblesse de Dieu dijo en 1/06/07 04:24 PM …
No apagues en mí la luz.
Esto es una habitación vieja, donde el polvo juega a dar existencia a las cosas cotidianas. Las ventanas abiertas dejan transitar el aire vivo de las calles, acariciándole con el púrpura de sus manos. Trae mezclados secos perfumes del descuidado parque municipal. Son mesitas de madera, sillas desiguales y un atiborrado librero metafísicos los que dictan la realidad interior de este cuarto.
Caminar hacia el secreter es condensar las ausencias, habitar el silencio invadiéndolo a cada paso, en el roce de los brazos con la ropa, en la respiración pública.
La presencia es un desgaste, una insistencia y un rechazo flotante. Se dice que sí, porque se teme al no, si es que la afirmación no es una ídolo o un fantasma. ¿En qué creen los que creen creer?
Lo más divertido es dudar de la existencia, rebelarse contra Descartes, y jugar a decir que sí a todo sólo porque sí.
Quienquiera encontrará así su respuesta, cuando se acerque, en el regalo de mi voz profunda. Voz sin truenos ni murmullos, insistencia del aire tibio que me llena. Grito que hace tiempo se quebró.
No apagues en mí la luz.
Esto es una habitación vieja, donde el polvo juega a dar existencia a las cosas cotidianas. Las ventanas abiertas dejan transitar el aire vivo de las calles, acariciándole con el púrpura de sus manos. Trae mezclados secos perfumes del descuidado parque municipal. Son mesitas de madera, sillas desiguales y un atiborrado librero metafísicos los que dictan la realidad interior de este cuarto.
Caminar hacia el secreter es condensar las ausencias, habitar el silencio invadiéndolo a cada paso, en el roce de los brazos con la ropa, en la respiración pública.
La presencia es un desgaste, una insistencia y un rechazo flotante. Se dice que sí, porque se teme al no, si es que la afirmación no es una ídolo o un fantasma. ¿En qué creen los que creen creer?
Lo más divertido es dudar de la existencia, rebelarse contra Descartes, y jugar a decir que sí a todo sólo porque sí.
Quienquiera encontrará así su respuesta, cuando se acerque, en el regalo de mi voz profunda. Voz sin truenos ni murmullos, insistencia del aire tibio que me llena. Grito que hace tiempo se quebró.
Esa misma piedra
Repetir, reincidir, no tropezar sino golpear la misma piedra una y otra vez. Afanarse en ser estúpido para poder reprochárselo después a nadie más que a sí mismo. Excusar a los demás, no por fortaleza, sino por debilidad o más bien pereza de ser como si los otros fueran algo más: ser de los “demás” es ser de los de menos.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Wien se dice Wien
¿Cómo va todo?
Te me pierdes, matas tu celular. Parece que te escondes y en público no me puedo gozar de ti. Rehúyes mi mano. Me conviene tu soledad, como guante de piel negro. ¿Entiendes? Tacto contundente que te busca piel sobre piel y piel.
Te me pierdes, matas tu celular. Parece que te escondes y en público no me puedo gozar de ti. Rehúyes mi mano. Me conviene tu soledad, como guante de piel negro. ¿Entiendes? Tacto contundente que te busca piel sobre piel y piel.
Me gusta tu incomodidad, como sólo te puedes ver a medias entre la oscuridad. ¿Maldecirte, llamarte tonta? Ojalá supieras lo que es ser tonta. Me parece que más estúpidos son los que están alrededor tuyo sin ver bien. Pero es un don tuyo mutarte en cosa, tener fe en serlo y renunciar a tus propias promesas. Tú también eres un mito (entre mentira e historia).
A mí en cambio me gusta pensar que sólo lo haces para esconderte, porque de otra manera serías irresistible. Es más fácil para todos creerte simple. No te perdono esa generosidad de carácter que te hace tan permeable. Me gustan las piedras redondas acariciadas por los ríos y la pesada sombra que cae sobre ellas algunas veces, mientras otras son domesticadas por el sol. Por no complicarle la vida a nadie sufres tanto, tonta. ¿Estás feliz así?
Yo no te conozco, digo que soy tu amigo.
Dame un beso cuando te despidas.
Restos en un papel mojado insistiendo sobre el amor
Amo la lluvia
Apenas descubro que también amo la noche. Inconcebible pensar que se puede querer algo que es tan opuesto a la claridad y la luz, pero amo la noche.
[Vuelve a tocar la nostalgia mis costillas para recordarme, hacerme consciente de que] A estas alturas de mi vida y encontrar que después de todo también amo la noche. [No hay sorpresa, sólo descuido]
El aire es distinto, la vida es distinta. Me he quedado en la apariencia y todo lo demás lo he inventado. Es por esto que la existencia del cuerpo es tan necesaria. A pesar de las insidias sigue siendo la certeza... [Aquí ha menguado el texto interrumpido por algo ajeno a él y lo he recuperado de un bolsillo de pantalón]
No recuerdo ya por qué he afirmado la necesidad de existencia del cuerpo. Aventuraría contra el percance de mi memoria que se debe a la peculiar experiencia que nos da frente a los demás sentidos. El cuerpo siempre me ha parecido contundente: él es también tiempo como el juego la consciencia. Tengo fe en que el interior del cuerpo en realidad no existe. La mirada médica es en verdad inoportuna y por demás imprudente. El único acto sensato que le conozco a dicha mirada es cuando después de la autopsia vacían nuevamente los órganos al interior, sin cuidarse de su original acomodo. En realidad nunca hubo tal acomodo: todo era un cálido y secreto interior. (Quizá todo ello como debía ser en posesión de su propio misterio).
El órgano como alma.
Entonces la entidad corpórea puede ser pensada como un bulto, la piel llena de algo siendo la dermis lo único importante: el instante y lo fugaz como perpetua sensación.
El cuerpo es el lugar del tiempo, la existencia como incesante presencia del sentir y frágil incentivo para búsqueda de consciencia. Espejo de imaginación y memoria, pues lo que se recuerda no es uno mismo sino la confianza en una existencia de sí: pura fantasía.
No se me mal interprete, quiero pensar que somos más un playground que una cierta entidad formal. Aunque con esta idea parezco referirme más a un campo --frente a la figura sólida--. Sin embargo, estas categorías son ajenas y parecen extrañas. Tal vez sea mejor hablar de ámbito, en cuanto tenga éste cierto parentesco con la idea de periferia y el delicioso umbral de las sensaciones. Empero parecen referirnos nuevamente a una mesurabilidad de lo humano...
Apenas descubro que también amo la noche. Inconcebible pensar que se puede querer algo que es tan opuesto a la claridad y la luz, pero amo la noche.
[Vuelve a tocar la nostalgia mis costillas para recordarme, hacerme consciente de que] A estas alturas de mi vida y encontrar que después de todo también amo la noche. [No hay sorpresa, sólo descuido]
El aire es distinto, la vida es distinta. Me he quedado en la apariencia y todo lo demás lo he inventado. Es por esto que la existencia del cuerpo es tan necesaria. A pesar de las insidias sigue siendo la certeza... [Aquí ha menguado el texto interrumpido por algo ajeno a él y lo he recuperado de un bolsillo de pantalón]
No recuerdo ya por qué he afirmado la necesidad de existencia del cuerpo. Aventuraría contra el percance de mi memoria que se debe a la peculiar experiencia que nos da frente a los demás sentidos. El cuerpo siempre me ha parecido contundente: él es también tiempo como el juego la consciencia. Tengo fe en que el interior del cuerpo en realidad no existe. La mirada médica es en verdad inoportuna y por demás imprudente. El único acto sensato que le conozco a dicha mirada es cuando después de la autopsia vacían nuevamente los órganos al interior, sin cuidarse de su original acomodo. En realidad nunca hubo tal acomodo: todo era un cálido y secreto interior. (Quizá todo ello como debía ser en posesión de su propio misterio).
El órgano como alma.
Entonces la entidad corpórea puede ser pensada como un bulto, la piel llena de algo siendo la dermis lo único importante: el instante y lo fugaz como perpetua sensación.
El cuerpo es el lugar del tiempo, la existencia como incesante presencia del sentir y frágil incentivo para búsqueda de consciencia. Espejo de imaginación y memoria, pues lo que se recuerda no es uno mismo sino la confianza en una existencia de sí: pura fantasía.
No se me mal interprete, quiero pensar que somos más un playground que una cierta entidad formal. Aunque con esta idea parezco referirme más a un campo --frente a la figura sólida--. Sin embargo, estas categorías son ajenas y parecen extrañas. Tal vez sea mejor hablar de ámbito, en cuanto tenga éste cierto parentesco con la idea de periferia y el delicioso umbral de las sensaciones. Empero parecen referirnos nuevamente a una mesurabilidad de lo humano...
Enmiendas a una carta privada
Después del supuesto anterior y la sarta de nimiedades ¿qué te puedo decir? ¿Cuáles son los resultados que mi existencia arroja los últimos días? Pequeñas actividades que no tienen un sentido más trascendental. Sólo la tosca obstinación de forjarse un acto para mantenerse otro día más. Las tentativas para una historia --una biografía-- o cualquier otra ambición existencial quedan relegadas. He aceptado no poder contribuir a ellas. Lo mismo el amor, parece un intercambio de intimidades en modos distintos. Pero parecemos, al final seres anónimos que pueden siempre acceder a vías alternas, entrecruzadas. Pues sí, arriesgando una teoría cortazariana, podríamos decir que las vidas son como carreteras. A esto he llegado después de que, empujado por el escepticismo de los días, abandoné el romanticismo callado. Así se pintan desde el amanecer las jornadas.
Deambulo por la verdad y el sueño como un péndulo oculto en carne. Mas me valdría haber nacido vagabundo, pero rara vez inciden esas extrañas circunstancias que bendicen una existencia. Ahora no hay más que esquivar a los otros con su extrema contingencia (para resguardar, tal vez, la mía). Se vuelcan como fantasmas permeados de caducidad, pero no de caducidad de vida, sino anímica. A todo esto hay que agregar la voluntaria inaccesibilidad junto a la falta de ganas por corresponder a los actos de los demás. Parece que por una extraña complicidad mutuamente nos callamos aquello que no nos podemos decir. También parece que en este rodeo de palabras he llegado nuevamente a la soledad de mi tristeza. Y eso es, hermano, lo que te he querido comunicar más allá de mis palabras.
Dime, hermano, después de todo esto (que aparenta hastío y desgano) ¿cómo están los demás? ¿Son realmente así? Tú que desde ti los conoces, con ojos como los míos ¿qué es lo que yo no he visto?
Tu Hermano.
***
La fecha original de esta carta es la siguiente: Enviado: lunes, 05 de marzo de 2001 04:28:40 a.m. La he "corregido" como si fuera reciente, a punto de enviarla, pues parece que a pesar del tiempo no hay mucho cambio en las malezas interiores. Aunque aquello que entonces fue supuesto anterior ha quedado olvidado.
Algo muy simpático es que hoy en la tarde empecé hilando el significado de intertextualidad desde un diccionario, después he leído un texto de Cortázar, quizá impelido por una inconsciente necesidad de esparcimiento. Y leyendo he visto como se autoreferencia en la escritura: desde 62/Modelo para armar hasta Rayuela, desde los varios idiomas que se "hablan" en la novela, hasta los entretejidos recuerdos ambiguos del personaje, y finalmente yo. Entonces para cerrar el juego, encontrando esta carta tan oportuna aludiendo al citado autor... El inconsciente procede de maneras misteriosas.
Por otra parte, ojalá mi sentir fuera una exuberancia igualmente elocuente para cualquier otra cosa con olor a optimismo. Pero para encontrar optimismo por la vía olfativa hay que andar como los perros. ¡Dios nos libre de tan nefasta competencia para los fieles amigos!
Deambulo por la verdad y el sueño como un péndulo oculto en carne. Mas me valdría haber nacido vagabundo, pero rara vez inciden esas extrañas circunstancias que bendicen una existencia. Ahora no hay más que esquivar a los otros con su extrema contingencia (para resguardar, tal vez, la mía). Se vuelcan como fantasmas permeados de caducidad, pero no de caducidad de vida, sino anímica. A todo esto hay que agregar la voluntaria inaccesibilidad junto a la falta de ganas por corresponder a los actos de los demás. Parece que por una extraña complicidad mutuamente nos callamos aquello que no nos podemos decir. También parece que en este rodeo de palabras he llegado nuevamente a la soledad de mi tristeza. Y eso es, hermano, lo que te he querido comunicar más allá de mis palabras.
Dime, hermano, después de todo esto (que aparenta hastío y desgano) ¿cómo están los demás? ¿Son realmente así? Tú que desde ti los conoces, con ojos como los míos ¿qué es lo que yo no he visto?
Tu Hermano.
***
La fecha original de esta carta es la siguiente: Enviado: lunes, 05 de marzo de 2001 04:28:40 a.m. La he "corregido" como si fuera reciente, a punto de enviarla, pues parece que a pesar del tiempo no hay mucho cambio en las malezas interiores. Aunque aquello que entonces fue supuesto anterior ha quedado olvidado.
Algo muy simpático es que hoy en la tarde empecé hilando el significado de intertextualidad desde un diccionario, después he leído un texto de Cortázar, quizá impelido por una inconsciente necesidad de esparcimiento. Y leyendo he visto como se autoreferencia en la escritura: desde 62/Modelo para armar hasta Rayuela, desde los varios idiomas que se "hablan" en la novela, hasta los entretejidos recuerdos ambiguos del personaje, y finalmente yo. Entonces para cerrar el juego, encontrando esta carta tan oportuna aludiendo al citado autor... El inconsciente procede de maneras misteriosas.
Por otra parte, ojalá mi sentir fuera una exuberancia igualmente elocuente para cualquier otra cosa con olor a optimismo. Pero para encontrar optimismo por la vía olfativa hay que andar como los perros. ¡Dios nos libre de tan nefasta competencia para los fieles amigos!
lunes, 8 de octubre de 2007
Anécdota
Te he buscado para saber si te encontrabas mejor, pero nadie respondió al teléfono. Ojalá todo haya sido un malestar pasajero y nada más preocupante.
Por otra parte, creo que es bueno que tu cuerpo por fin asimile un mal real en lugar de las marcas artificiales que tú le impones. Desafortunadamente lo ves como un cuerpo cristiano y no como tu propio cuerpo. Lo castigas por ser la bolsa desechable donde has puesto tu alma herida y lo hiendes como si a través de la piel pudieras reencontrarte, ubicar tu parte más esencial o tan sólo un contenido. Pero desde que eres tiempo ocupando un espacio deberías aceptar que la piel es el lugar de juego del placer. Es el cajón de arena para tus fantasías donde construyes castillos que no son de aire.
Con la piel envuelves al mundo, con tu cuerpo haces oficio de Atlas soportando físicamente todo su peso. Al menos si se trata de un virus u otro “cuerpo extraño” es algo mucho más real, que lo engendros fantasmales que llevas adentro, los cuales quieres dejar salir a medias entre tus heridas.
Alíviate,
Cúrate, es decir, cuida de ti.
Aliviánate. (Del lat. Alleviāre) 5. tr. fig. descargar de superfluidades el cuerpo o sus órganos. Ú. t. c. prnl.
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